martes, 19 de abril de 2011

Recuerdos

Afuera la lluvia arrecia. Recostada en la cama miro un álbum
de fotos, esa, la de color sepia que siempre me conmueve acapara mi atención
Me hubiese gustado estar en la imagen.que dispara mis recuerdos Yo no había nacido todavía, es mas mi madre se veía joven y bella.
Mis abuelos sonriendo parados a la cabecera de una larga mesa con mis tios, primos mayores y allegados a la familia, festejando algún aniversario.
Mi abuela, esa señora alta y corpulenta, de piel transparente.
Siempre peinada con rodete, de ojos color celestial que miraban tiernamente.
Esa que había tenido siete hijos entre los que estaba mi madre, la que había soportado a mi abuelo, hombre imponente acido y enérgico que con su presencia infundía miedo, pero también respeto, pues era trabajador y amante de su familia.
Mas que una familia un clan, que después con los años llegue a querer y a sentir orgullo por integrarla.
Vivíamos en el barrio de Coghlan, en una casona inmensa y vieja. Mi abuela ya separada de mi abuelo( algún día me atreveré a contar su historia, lo poco que se y mis vivencias con el) dormía en una pequeña habitación al fondo y a la hora de la siesta, los chicos nos quedábamos adentro pues pasaba muy oriunda la señora Iguana, esa que nos inspiraba terror.
Manera de asustarnos y mantenernos dentro de la casa por lo menos algunas horas.
Suponiendo que mi abuela ya se había dormido Yo entraba a su cuarto y llevaba sus zapatos de cuero negro y taco cuadrado hasta la galería donde me los ponía.
Tenía cinco años y a mi pequeño pie de niña le sobraba más de medio
zapato, sosteniéndome de una de las columnas y haciendo equilibrio lograba dar algunos pasos
Después se los colocaba al lado de su cama.
Me sentía feliz con esta travesura.
Amalia era su nombre y hablaba solo en italiano, su voz sonaba dulce a mis oídos.
En su cómoda tenia un frasco de vidrio a rosca donde guardaba camelos envueltos en papeles de colores con los que me premiaba si me portaba bien, pues era muy traviesa.
Cuando tenía ganas de comer alguna golosina intentaba abrir el frasco pero mi mano pequeña sin la suficiente fuerza, se resentía, sin lograrlo.
La puerta de entrada a la casa era de rejas altas, también las había a los costados salientes de un corto paredón
A la derecha, el jardín con sus rosales, los jazmines y la estrella federal contra la pared eran un deleite para la vista.
En el medio tres escalones de mármol y un pequeño corredor hacia una segunda puerta que comunicaba a una galería espaciosa e iluminada.
A la izquierda debajo de una frondosa parra de uva moscatel un juego de mesa de mármol con asientos redondos decoraba el lugar, allí en las tardes de verano nos sentábamos a tomar el café con leche con pan y manteca o la chocolatada con churros.
Me encantaba colocar caracoles enfrentados y los observaba embelesada esperando que se movieran, eran tan asustadizos que al menor toque de mis dedos se metían dentro de su caparazón.
Hoy siento que me agradaría ser como ellos o como mi tortuga, llevar mi casa a cuestas y si alguien me hiere, meterme en el refugio
Niñez inolvidable, ingenuidad, pureza.
La vereda era ancha y jugábamos a la rayuela bajo la mirada atenta de la abuela que desde el jardín nos observaba.
Años felices de risas y cánticos.
Ya no llueve, mi vista cansada suelta una lagrima, apago la luz, me abraza el tiempo.

Silvia Noemí Fabiani

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